«Los muros desgastados, los restos de pinturas, la belleza de una ciudad degradada. Poesía.»
Luna Benemugi.
«Ella, con bravura, te deja huellas de ella misma en su pintura.»
Martin Malkonian, poeta.
«Trabajos bellos. Invocan los sueños y emociones.»
J. Dantem.
Eva Bekier realizó sus estudios en la Academia de Dibujo y Pintura de Waldemar Dinermann, profesor de la Escuela de Bellas Artes de Milwaukee (EE.UU.), y posteriormente en la Academia de Dibujo y Pintura de Jaime Sánchez, en Madrid; realizando exposiciones en diversas galerías de Varsovia, Berlín y Amsterdam, Madrid y por último, en París.
«El color y el movimiento son los protagonistas de sus pinturas. Crean un clima irrepetible: A veces nostálgicos, como un pensamiento congelado, otros llenos de expresión, como una explosión de emociones.
La artista vivió en Varsovia, Berlín, Leipzig, Utrecht, Ámsterdam, París, Viena y Madrid. Ha estudiado no sólo pintura, sino también filología germana, sociología y conservación y restauración de obras de arte. Viajó por casi toda Europa. Es un espíritu inquieto. No sabe permanecer en un sitio por tiempo prolongado. Su pintura es igual de inquieta, delirante y llena de giros. Estudiando restauración de obras de arte se especializó en la pintura de los maestros del siglo XVIII. Conoció los secretos de sus técnicas. Viajando contempló las mejores colecciones de los museos europeos. No le es ajena la casi abstracta pintura de Tiziano, ni la dispersa, brillante y vibrante nebulosa de los Nenúfares de Monet, ni tampoco las increíbles evoluciones colorísticas de Mark Rothko. Eva Bekier conoció a fondo el trabajo de sus geniales antecesores, para, casi por completo, rechazarlos y crear su propio y muy original concepto de la pintura. Original en su valor estético y en su método tecnológico.
Eva Bekier se sirve de una complicada técnica, en la cual junta sobre el soporte de cartulina pintura acrílica con esbozos de pastel y, parcialmente, con lápiz, en sitios ya cubiertos con gruesa capa de pintura. Es una pintura espontánea que se alimenta de emociones y que crea emociones, pintura muy alejada de las rigurosas formas geométricas o muy de las deliberadas construcciones. A la pintura de Eva Bekier no se le puede negar una autenticidad. Sus trabajos dan la impresión de una composición que se dirige a todas direcciones. El límite del cuadro es, para ella, accidental. La artista se sirve de una limitada gama de colores: blancos plateados, grises, azules fríos y de vez en cuando ocres. La composición monocromática se crea dejando una delicada factura de las numerosas capas pictóricas.
La pintura de Eva Bekier exige mucho de quien la mira.. Una persona dispersa pasará a su lado sin haberla visto. Sus trabajos no gritan colores, no representan objetos atractivos de la vida real, ni de cuerpos bellos, ni frutas jugosas, ni tampoco lisas superficies que quiebran la luz.
Su pintura es para gente observadora, reflexiva y analítica. Para quienes encuentran la belleza en una rugosa superficie de una piedra y en su original diseño.
Este tipo de pintura la valoran los amantes del color sublime y, a la vez, sofisticado, de delicados movimientos y de su casi invisible percepción de las tonalidades.»
Agnieszka Gniotek, crítico de Art & Business.
«Con verdadero placer contemplé la pintura de Eva Bekier en Art Novum, en Varsovia. Sus trabajos presentan una sutil y rebuscada hipnosis de expresiones y emociones, una especie de diario emocional. A pesar de la reducida gama de colores, Eva Bekier consigue unos efectos pictóricos muy ricos, provoca con un dibujo inquietante e incita a descubrir su secreto. Es una pintura muy íntima, creada por una persona de una sensibilidad extraordinaria, y dirigida a unos espectadores muy exigentes.»
Prof. Roman Wozniak (Academia de Bellas Artes, Varsovia).
«Eva Bekier, artista y ciudadana de Europa, quizá de esta nueva Europa de la unificación. Nadie mejor que ella, que ha vivido y realizado estudios en diversos países, doctorándose en sociología, sus estudios de restauración…, combinando experiencias en ciudades como Berlín, Amsterdam, Varsovia, París y, por último, Madrid, en donde Eva Bekier ha encontrado en la pintura ese mundo buscado desde siempre, desde el arte de la oposición, tan enraizado en la cultura europea, de movimientos como expresionismo y fauvismo.
De hecho la pintura de Eva respira esa incomodidad del ser humano crítico ante tantas cosas…, con su gesto fuerte, y a la vez tierno, envuelto en una dramática atmósfera. Son fuertes sus contrastes que parecen conducirnos a esa luz que surge en destellos apasionados, donde su obra reaviva esperanza como el puente que enlaza la dicotomía entre el bien y el mal.»
Jaime Sánchez.
«Decía Jean Dubuffet que el arte consiste esencialmente en la exteriorización de los movimientos de humor más íntimos. Para que dicha expresión se produzca, el artista debe hallarse solo, ajeno temporalmente al bullicio del mundo, porque únicamente en soledad surge en el individuo la necesidad de inventar para sí mismo y por sus propios medios, un lugar adecuado donde poder estar y sentirse bien. En estos ámbitos de creación personal surgen las obras que luego encontrarán proyección en quienes las miran, estableciéndose así un vínculo especial entre el artista y el espectador.
Eva Bekier pinta desde sus espacios privados alimentándose diariamente con la sana impureza de sus colores: negro, blanco, gris dominantes; algún azul, ocre o rojo. a golpe de brocha, de embadurnado, de grattage, de instantáneo gesto caligráfico, de collage. hasta completar los ritmos conmovedoramente disonantes de sus cuadros. Eva Bekier es, como lo fueran aquellos que en su día defendieron la «brutalidad» de la pintura, una artista cuya reivindicación de lo espontáneo, de lo inmediato y en consecuencia de aquello que brota sin las interferencias de la lógica del mundo, no está reñida con la profundidad psíquica subyacente bajo las capas epidérmicas de la materia. Dejar hablar a la herramienta y al material fue también una de las cláusulas dubuffetianas; no importa si el resultado final es abstracto o figurativo, a mi entender calificaciones anodinas, sino si a lo largo del proceso de creación ha existido autenticidad expresiva que a la postre conecte con quien la observa. Lo que en términos convencionales sería la «inspiración», candente sin duda en la mayor parte de las pinturas de Eva Bekier.
La exposición que ahora nos presenta esta artista afincada desde hace diez años en Madrid y cuya inquietud cosmopolita le ha llevado a vivir y exponer en París, Amsterdam, Varsovia., incluye una cuidada selección de obras recientes en acrílico sobre papel y cartulina. Una técnica que se adecua perfectamente al espíritu expresionista de Bekier, y nuevamente apela, en su elección, a la digna pobreza de los útiles de trabajo del pintor. El impacto de estas creaciones, viscerales a veces, otras anhelantes o enternecedoramente salvajes, y siempre poéticas, bellas en lo oscuro que encarnan, radica en esa capacidad de la pintora para dar la vuelta a lo iniciado. Un saber virar en el momento preciso, atenta a lo que su yo primordial le dicta; un evidente dominio de la improvisación que es también puro talante, y cómo no, ese afortunado encontrar sin buscar. Ahí es donde hallamos la atracción seductora de Eva Bekier, la frescura inmanente de estas pinturas al margen de las lecturas que queramos arrancar de ellas. Lo informe se transmuta en algo con cierta pesantez o corporeidad, lo aéreo o fugaz parece de pronto condensarse en masa, bloque, forma, volumen. densidades y transparencias configurando elementos básicos de la realidad, rasgos ingenuos de un paisaje imaginario, una casa, un muro, una ventana. El color es responsable de cuántos fenómenos (a menudo visionarios) ocurren en los soportes siempre cambiantes, dinámicos y vivos, de Eva Bekier. Una artista para quien la pintura implica la progresiva toma de conciencia del aislamiento al que su conjuro condena, aunque ello no significa siempre perderse en caminos anegados, sino saber adivinar la luz al final del túnel.»
Amalia Rubi.
«Eva Bekier realizó sus estudios en la Academia de Dibujo y Pintura de Waldemar Dinermann, profesor de la Escuela de Bellas Artes de Milwaukee, y posteriormente en la Academia de Dibujo y Pintura de Jaime Sánchez, en Madrid, realizando exposiciones en diversas galerías de Varsovia, Berlín , Ámsterdam, Madrid y París. La creación artística de Eva Bekier ha transitado por diferentes espacios en las últimas décadas aunque algunas de sus características fundamentales, a las que se ha mantenido fiel, son la entonación siempre lírica, el tratamiento exquisito de las superficies y la gran importancia concedida a la luz, el trazo y el color. Hay algo de música en sus composiciones, algo tan tenue como el sonido de los violines porque quizá, como Paul Klee, ella también se proponga sacar de paseo a la línea. El color gris, que aparece en múltiples composiciones de la artista, es una referencia a los ámbitos imprecisos del sueño y el secreto lenguaje del alma, además de a la ambigua atmósfera donde se efectúa la copulación de los amantes, donde al mismo tiempo todo es luz y todo oscuridad. La expresión plástica de Bekier, entre 1996 y 2001, se traduce en una especie de cortinas de agua que van inundando el soporte y que son una correlación de azules. Y conviene recordar que el cromatismo azul tiene característica dual y expresa frialdad, soledad y silencio, pero según la tonalidad también puede significar alegría, plenitud y limpieza de dicción, conformada en torno a los elementos básicos para designar una lírica de la conducta humana, como se aprecia en algunas de las sentidas composiciones de Eva, protagonizadas por el mar y el firmamento.
Para corroborar lo anteriormente expuesto, ejemplificaré con el picassiano «período azul», en el que destacan figuras con sus más perentorias necesidades sin cubrir, seres de mirada triste y extremada pobreza en sus desvaídas indumentarias donde el azul es apenas un tinte descolorido, melancólico y sombrío en esa etapa del universal pintor español. En el lustro citado Bekier incorpora grafismos verticales, elementos figurativos, líneas que van recorriendo el soporte que es signado como una firma. Todavía el ámbito de lo concreto se maneja en obras que lo mismo pueden recordar un velero de papel, proyección de sus roturas infantiles, o un ciclista apenas esbozado, llegando a plasmar en los titulados Mallorca y Menorca una eclosión formal y cromática en el primer caso y un singular bodegón en el segundo. La mayor parte de las composiciones de esta etapa no tienen título quizá porque determinan una fluida y frágil realidad que no tiene que ver con el materialismo. Se coloca delante de nuestros ojos para sugerir sin imponer una imagen sutil vencida por la belleza plástica.
El cuadro se celebra como una dicotomía en la que confluyen varios elementos que determinan dualidades composicionales en las que hay apariencias fantasmales y reivindicaciones que alcanzan a Tápies aunque posiblemente las concomitancias más evidentes las entronquen con Paul Klee o Perejume, además de las calidades plásticas que podemos encontrar en paredes desvencijadas donde el tiempo ha dejado su paso. En esa época aún nos toparemos con escasos círculos o elipses, además de plumas, ventanas, farolas o relojes, pinturas no museables por sus accesibles dimensiones sino planteadas con la intención de colgarse en las paredes de las casas de este siglo XXI que ha amanecido tan convulso como finalizó el precedente. El letrismo y la numerología combinados en la obra dan a luz a un mensaje textual mimético en el que aparecen números con su significación simbólica y palabras en alemán con el añadido sempiterno de la equis que podría entenderse como la formulación de un discurso intercultural.
El nombre de Letrismo procede de los primeros trabajos de este movimiento consistentes en obras realizadas con letras, elementos del habla, símbolos visuales, etc. El Letrismo acabó definiéndose como un movimiento cultural que busca la renovación de todas las materias del saber y de la vida. La aportación fundamental de este movimiento es la Hipergrafía (que sería, junto a otros, un precedente del actual Hipertexto informático), arte basado en la organización de letras y signos diversos, intentando de ese modo superar el arte plástico (tanto figurativo como abstracto). El Letrismo utiliza para expresarse cualquier tipo de forma artística, incluyendo el cine, la danza y la pintura, constituyendo sus obras un adelanto de lo que luego sería el Happening o el Arte Conceptual, entre otros.
En todas las tradiciones las letras poseen un sentido simbólico que a veces se desdobla en dos, según su figura y su sonido. Probablemente, esta creencia deriva, aparte del sistema de las correspondencias cósmicas, de los primitivos pictogramas e ideogramas. En alquimia también las letras poseen un sentido: A es el principio de todas las cosas; B, la relación de los cuatro elementos; C, la calcinación; G, la putrefacción, y M, la condición andrógina del agua, aunque esta letra es la que tiene un verdadero valor simbólico y sagrado ya que asume genéricamente tanto lo masculino como lo femenino. Y algunos filósofos contemporáneos se han atrevido incluso a vislumbrar una relación de las letras con los colores. La numerología es una práctica adivinatoria que utiliza los números. También se trata de un conjunto de creencias o tradiciones que pretende establecer una relación mística entre los números, los seres vivos y las fuerzas físicas o espirituales. Su estudio fue popular entre los primeros matemáticos, pero no se la considera ya disciplina matemática. Los científicos afirman que la numerología es una pseudociencia al igual que la astrología con respecto a la astronomía, o la alquimia, aunque esta última tuvo carácter de protociencia con respecto a la química.
En numerología, se dice que los números son uno de los conceptos humanos más perfectos y elevados. Según los que la practican, la numerología es la disciplina que pretende investigar la «vibración secreta» de ese código y enseñan a utilizar los números en su beneficio, por medio del estudio de su influencia sobre personas, animales, cosas y eventos. En el año 530 a. C., Pitágoras desarrolló en forma metódica una relación entre los planetas y su «vibración numérica». Le denominó «la música de las esferas». Mediante su método de numerología descubrió que las palabras tienen un sonido que vibra en consonancia con la frecuencia de los números como una faceta más de la armonía del universo y las leyes de la naturaleza.
Los números son mucho más que una forma de medir o cuantificar lo que existe a nuestro alrededor. Pitágoras nos enseño que el universo debe ser visto como un todo armonioso, donde todo emite un sonido o vibración. Los números del 1 al 9 están asociados a características específicas, que juntas abarcan toda la experiencia de la vida. El sistema numérico por excelencia en numerología es el decimal, siendo excepción la escuela chaldeana de numerología, que utiliza el sistema octal. Los misterios de los trabajos de la artista nunca serán desvelados completamente en esta arcana mixtura entre letras y números que son deudores de la historia. En las pinturas de Bekier hay un par de números que se reiteran, los doses y los ochos, quizá porque ambos alcanzan indudables reverberaciones plásticas y la artista sabe que la multiplicación de un número acrecienta su poder. El dos es contraposición entre la vida y la muerte, el bien y el mal, la naturaleza enfrentada al creador y la luna comparada con el sol. Todo el esoterismo consideraba a lo dual como nefasto, aunque una mirada menos radical lo convierte en una apuesta por la sexuación de cualquier elemento. Por lo que respecta al octógono es la suma de dos cuadrados. Se trata de la forma central entre el cuadrado (orden terrestre) y el círculo (orden de la eternidad), y por tanto símbolo de la regeneración, virtud pictórica que sobresale en las obras de la pintora. Su figura tiene relación con las dos serpientes enlazadas del caduceo (equilibrio de fuerzas antagónicas, potencia espiritual equivalente a potencia natural). También simboliza el eterno movimiento de la espiral de los cielos. Además, en la Edad Media, el ocho fue número emblemático de las aguas bautismales.
La crítica Agnieszka Gniotek estima que «Bekier se sirve de una complicada técnica, en la cual junta sobre el soporte de cartulina pintura acrílica con esbozos de pastel y, parcialmente, con lápiz, en sitios ya cubiertos con gruesas capas de materia plástica. Es una pintura espontánea que se alimenta de emociones y está muy alejada de las rigurosas geométricas o de las deliberadas construcciones». El profesor Roman Wozniak, de la Academia de Bellas Artes de Varsovia, mantiene que «la pintura de Bekier es muy íntima, creada por una persona de una sensibilidad extraordinaria, y dirigida a unos espectadores muy exigentes». Por su parte, el pintor Jaime Sánchez, que ha sido su profesor durante su estancia madrileña, destaca «su gesto fuerte y a la vez tierno, envuelto en una dramática atmósfera», rematando que «son fuertes sus contrastes que parecen conducirnos a esa luz que surge en destellos apasionados, donde su obra reaviva esperanza como el puente que enlaza la dicotomía entre el bien y el mal».
Tras su exposición en París en 2005, su obra fue saludada por críticos y poetas con elogios. J. Dantem calificó los cuadros de la muestra como «trabajos bellos que invocan los sueños y emociones». Luna Benemugi define su temática: «Los muros desgastados, los restos de pintura, la belleza de una ciudad degradada», y se atreve a dar la más excelsa de las adjetivaciones: «Poesía». Martín Malkonian dice que Bekier «con su bravura deja huellas de ella misma en su pintura». Sin embargo, posiblemente sea la crítica de arte española Amalia García Rubí la que más correctamente ha penetrado en los intersticios de la personalidad vital y artística de Eva Bekier como dejó escrito hace algunos años en las páginas del periódico «El Punto de las Artes». Transcribo sus palabras: «Eva Bekier pinta desde sus espacios privados alimentándose diariamente con la sana impureza de sus colores: negro, blanco, gris dominantes, algún azul, ocre o rojo, a golpe de brocha, de embadurnado, de grattage, de instantáneo gesto caligráfico, de collage hasta completar los ritmos conmovedoramente disonantes de sus cuadros. Eva Bekier es, como lo fueran aquellos que en su día defendieron la «brutalidad» de la pintura, una artista cuya reivindicación de lo espontáneo, de lo inmediato y en consecuencia de aquello que brota sin las interferencias de la lógica del mundo, no está reñida con la profundidad psíquica subyacente bajo las capas epidérmicas de la materia. Dejar hablar a la herramienta y al material fue también una de las cláusulas dubuffetianas, no importa si el resultado final es abstracto o figurativo, a mi entender calificaciones anodinas, sino si a lo largo del proceso de creación ha existido autenticidad expresiva que a la postre conecte con quien la observa. Lo que en términos convencionales sería la «inspiración», candente sin duda en la mayor parte de las pinturas de Bekier». Los balbuceos de la postmodernidad se convierten en la pintura de Eva en convicciones asumidas incluyendo asimismo las perplejidades y los arrebatos imprescindibles en una creación verdadera, la que apuesta por ámbitos pictóricos que pueden llegar a sustituir a los tejidos plásticos.
Actualmente Bekier trabaja exclusivamente sobre papel, utilizando formatos medianos y pequeños, con el acrílico como material por su rápido secaje, proyectando en sus obras una especie de informalismo ajeno a la materia, que está confabulado por la mezcla a partes iguales de la razón, la emoción, el pensamiento y la poesía. En sus últimas composiciones, realizadas entre 2002 y 2009, el color toma el mando, con el predominio de azules, rojos y blancos (también verdes y amarillos en menor medida), produciéndose el retorno del gris que viene para quedarse. En esos cuadros coexisten varias estructuras con la intención de completar un puzzle, una geografía pictórica, un mapa del mundo de las sensaciones. Sigue construyendo algunas obras con palabras sobre palabras, un alfabeto personal dispuesto como un poema, y el añadido de la mancha como signo fundamental, además de la magia, la alquimia, que aspiran a transformar la realidad en un símbolo múltiple, heridor y muy puro, arrancado de una verdad profunda.»
Carlos García-Osuna, Escritor, Periodista y Crítico de Arte
Editor de la revista Tendencias del Mercado del Arte.
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